GUERRA Y TERRORISMO. EL LENGUAJE BÉLICO DEL PODER.
"No sé hasta dónde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz...
hay quienes reclaman la pena del garrote para los que no quieren ser pacificados.
Cuando los pacificadores apuntan, por su puesto, tiran a pacificar
y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro.
Es claro que siempre hay algún necio que se niega a ser pacificado por la espalda
o algún estúpido que resiste la pacificación a fuego lento..."
Oda a la pacificación (Mario Benedetti, 1976)
El lenguaje hablado es el reflejo de la cultura y de las formas de dominación que en ella existen. La realidad de las personas se expresa y se construye a través del lenguaje. Es una de las opciones que tenemos para comunicarnos entre nosotros, y la forma principal de estructuración del pensamiento. Por tanto es susceptible de ser no sólo objeto sino sujeto de dominación. Este acercamiento se realiza a través de un fenómeno de plena vigencia (que lo será mientras el Poder se ciña a los tradicionales esquemas masculinos) como es la Guerra. También habrá que tener en cuenta que el lenguaje es un proceso dinámico y que, como decía Heráclito, "todo fluye, nada permanece".
Los psicólogos, cuando pretendemos apoyar a personas afectadas por una catástrofe o emergencia, seguimos la estrategia general de intentar que perciban que están viviendo reacciones normales ante situaciones anormales. Los discursos probélicos generados desde el Poder parecen seguir una lógica paralela, pero inversa, y pretenden presentarnos como normales en nuestras vidas situaciones absolutamente anormales, como es el uso del terror como forma de pretendida solución de problemas.
1.- La Guerra
Cuando en 1898, las bodegas del buque de guerra "Maine" saltaron por los aires en el puerto de La Habana, la prensa norteamericana, azuzada por su gobierno, consiguió un amplísimo apoyo popular a la declaración de guerra contra un país que había iniciado, tiempo atrás, su decadencia colonial. Estados Unidos, al contrario, iniciaba su andadura imperial. Tiempo hace que fueron desclasificados los documentos oficiales americanos que declaraban que aquella explosión que inició la guerra hispano- norteamericana había sido provocada por sus propios servicios secretos. En la imprescindible película de Orson Welles titulada "Ciudadano Kane" (1941) existe una confesión pública sobre este hecho que era, ya entonces, un secreto a voces.
Pero a pesar de todo, eran tiempos más sinceros. Alguien puede caer en la tentación de denominarlos 'más inocentes'. Por un lado, los Estados Unidos realizaron una declaración formal de guerra a España. Por otro, teníamos por aquellos lejanos tiempos un Ministerio que no escondía su función principal, el Ministerio de la Guerra.
Como todos sabemos, los tiempos cambian. Algunos piensan que todo cambia para que todo siga igual. Es la función eufemística del lenguaje del poder. Fue con la dictadura del General Primo de Rivera cuando el Ministerio de la Guerra pasa a denominarse Ministerio del Ejército. Y, curiosamente, es otro General y Dictador el que decide 'modernizar' este Ministerio agrupando a los tres ejércitos (aunque sus funciones, más 'humildes' –ya no es cuestión de mantener un imperio-, siguen siendo las mismas). El General Franco ideó, pues, el Ministerio de Defensa, aunque no es hasta después de su muerte cuando, en 1977, se lleva a efecto.
Entre medias de estos dos dictadores, la Constitución de la II República española, de 1931, promulgaba a través de su Artículo 6º que: "España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional".
Y es que la guerra no está bien vista. Ya no se declara la guerra, al contrario se inician "acciones militares con objeto de pacificar o democratizar un país". De hecho, las acciones derivadas de esta guerra que recomienza en Iraq, en su primer día, fueron repetidamente denominadas por varios Expertos Militares que asistieron a distintos diarios informativos televisados, como operaciones quirúrgicas en lugar de combates. Y hasta existen "misiles inteligentes" (misil es la denominación autopropulsada, neutra y postmoderna, de la anticuada y temible bomba). A esta última figura retórica, como ha señalado el Sub Marcos, Jorge Luis Borges la denominó Oximorón, que se da cuando a una palabra se le aplica un epíteto que la contradice (por ejemplo, luz oscura). Una bomba está muy lejos de ser inteligente, por definición. Puede ser asesina, criminal, terrorista, etc. Pero nunca inteligente. O quizá sí, pues se deberían llamar así las bombas que según se lanzan se desactivan y nunca matan ni dañan. Pero que yo sepa, esas no se fabrican (aunque tecnología existe). Cuando un misil inteligente deja de ser inteligente, se convierte en convencional y produce daños colaterales, que es como se nombra a esos muertos civiles e invisibilizados o ninguneados por estos usos interesados de nuestra lengua.
Entre los oximorones bélicos preferidos por el poder y repetidos y manidos por sus voceros, encontramos el de "solución militar". Por más que he buscado un referente histórico, no he encontrado ningún acontecimiento que justificase la existencia de dicha afirmación, más bien al contrario. Y un oximorón, de previsible próxima aparición, serán misiles bisturí, para poder intervenir en esas operaciones quirúrgicas.
El empecinamiento por hablar de misión humanitaria (tanto para justificar la colaboración del Estado español en esta guerra, como para llamar, desde hace años, al alistamiento de soldados para las menguadas filas españolas) tiene, a mi juicio, varias hipótesis explicativas o pretendidamente justificativas. La primera, y no por imaginativa improbable, podría ser que el gobierno español, en breve, anunciará una nueva reestructuración y denominación para el actual Ministerio de Defensa, que podría pasar a llamarse Ministerio para la Ayuda Humanitaria. Ayuda humanitaria que, como en esta ocasión, enviaremos con caza-bombarderos F-18. La segunda, y algo más probable, sería ocultar el hecho en sí, que es el de estar en guerra. Por un lado, se escamotea la obligación de pronunciar tan penosa y malsonante palabra. Por otro, se evita seguir el trámite constitucional reglado, es decir, aplicar el punto 63.3 de nuestra constitución, donde se dice que "Al Rey corresponde, previa autorización de las Cortes Generales, declarar la guerra y hacer la paz". Ni las Cortes Generales han autorizado, ni el Rey se ha pronunciado. Y como última hipótesis, tendría el efecto de tranquilizar a la ciudadanía, que se quedaría en casa disfrutando de su solidario y pacífico país. Si ésta era la intención, afortunadamente, no funcionó.
También se habla de guerra preventiva. ¿Qué previene?. ¿La guerra?. Esta visión es muy propia del actual gobernante norteamericano que, por ejemplo, para evitar los incendios forestales ha decidido talar los árboles. Desde luego una vez talados, aunque el efecto es el mismo que si hubiese habido un gran incendio, se controla la probabilidad de que éste acontezca. Al igual que una guerra preventiva de la guerra, controla la probabilidad de que ésta ocurra. La iguala a 100. 'No nos caemos, nos tiramos', eso parece ser la guerra preventiva.
El 20 de marzo de 2003, primer día oficial de la agresión británico-estadounidense (y que, en breve, contará con presencia de fuerzas españolas), no autorizada por Naciones Unidas (en ese caso estaríamos hablando de 'intervención'), fue muy ilustrativo atender a los discursos presentados por varios estadistas. Centrémonos, por ejemplo, en Chirac y Aznar. El primero, representante de un Estado que se opuso activamente al ataque a Iraq, evitó pronunciar la palabra guerra, prefiriendo denominarla como "operaciones militares", según la traducción a la que tuve acceso. El señor Aznar tampoco habló de guerra y optó por calificar la situación de "graves consecuencias", en clara alusión a la resolución 1441 de NN.UU., debilísima baza legal a la que, inútilmente, quiere aferrarse la coalición atacante.
También fue llamativa una afirmación que pronunció bajando su mirada, "habrá el mínimo de bajas posible". ¿Cuál es el mínimo posible para él?. No lo dijo. Karl Popper propuso que toda afirmación que pretenda aportar conocimiento ha de ser falseable, si no es así será palabrería, esoterismo o un acto de fe. La del presidente español no puede someterse a una prueba de falsabilidad, salvo que la respuesta fuese (como debe de ser) cero. Es decir, que el mínimo de bajas posible ha de ser cero. Y esto no va a ocurrir. Solo hubiese sido posible si la guerra no hubiese comenzado.
Y aunque podamos llamarlo ataque, agresión, acción militar, intervención militar, etc., lo que estamos viviendo estos días es, también, una invasión. Y no es baladí añadir este sinónimo, ya que esto tendrá repercusiones legales de acuerdo a tratados internacionales en vigor, como el firmado en Versalles en 1920, en virtud del cual los países invasores tendrán que compensar al invadido, como le ocurrió a Iraq con Kuwait hace una década. Si la legalidad internacional, tan maltratada en estas últimas décadas, consigue hacer oír su voz entre tanto ruido de sables podremos asistir a cómo los gobiernos de la autodenominada "Alianza internacional" tendrán que hacer frente a compensaciones económicas a Iraq, que serán presentadas, seguramente, como ayuda a la reconstrucción o ayuda humanitaria. Pero no será ayuda (que es auxiliar, socorrer, prestar cooperación) sino que será una deuda de guerra, una compensación (indemnización pecuniaria o en especie que el causante de heridas o de muerte entrega al propio herido o a los herederos del difunto, según el Diccionario de la R.A.E.).
Por último, del discurso de Mr. Aznar, al igual que el de Mr. Blair o Mr. Bush, cabe destacar la explicación de haber llegado a esta 'situación' tras "agotar la vía diplomática". Quizá sea ésta la más transparente de sus declaraciones. Entendí que lo que nos quería comunicar el Presidente era que se había agotado, por infructuoso, el camino iniciado para llegar a acuerdos de interés mutuo por vía del consenso internacional para la resolución pacífica del contencioso. Lo cual hubiera sido una mentira, dado que para llegar a un acuerdo o consenso mínimo, ambas partes han de ceder algo en sus posiciones, lo que no se dió, ya que una de las partes impuso en su totalidad una lectura de la realidad, carente de pruebas, a la otra –y sin dar opciones de salida-. Sin embargo no tuve en cuenta una de las cuatro acepciones que para "diplomacia" aparecen en el diccionario de la R.A.E., "Habilidad, sagacidad y disimulo". Ahora sí, esto era rotundamente cierto. Se había agotado la habilidad, la sagacidad y el disimulo.
Ese día, inicio del bombardeo a Bagdad, los medios de comunicación de masas añadieron un nuevo adjetivo, por mí desconocido hasta ahora, al término bomba. Las bombas antibunker. Según el Diccionario de la Real Academia Española, entre las acepciones de búnker encontramos "refugio, por lo general subterráneo, para protegerse de los bombardeos". Después de las 'bombas inteligentes', anteriormente comentadas, encontramos estas bombas cuyo objeto y objetivo es el bunker y, por supuesto, no su contenido.
Y aunque los académicos de la lengua española han aceptado este uso del término, sigue sorprendiéndome que el ejército invasor "peine la ciudad". Con esta positiva terminología parece que se dedican a desenredar, limpiar y acicalar la ciudad.
Pero lo que pretenden es "controlar los focos de resistencia", que es otra forma neutra de hablar sobre el asesinato de personas.
Se manipula a través del lenguaje, igualmente, cuando se afirma que "esta guerra se está emitiendo en directo" por los canales televisivos. Eso es una mentira objetivable. De hecho, los ciudadanos accedieron a muchas más imágenes en guerras, tan antiguas ya, como la del Vietnam. ¿A quién no le ha quedado marcada en su memoria la imagen de una niña que corre por el asfalto con la piel hecha jirones tras ser rociada con Napalm lanzado por la aviación norteamericana? ¿O la fría y escalofriante ejecución de un civil vietnamita por parte de un oficial estadounidense, como si fuese un trámite burocrático más?. Y también sabemos la reacción de la opinión pública, norteamericana y mundial, una vez emitidas estas imágenes. En la actual guerra existe mucha prensa sobre el terreno, pero ampliamente censurada. El pueblo estadounidense está, en la llamada Era de la Información, desinformado. La muerte desaparece de las cadenas occidentales, que sólo emiten escenas con poses que recuerdan la imaginería militar de videojuegos y/o películas épico-bélicas, centrando la información en el operativo militar y las características del armamento empleado. Larga información, pero incompleta, ya que nos hablan de características parciales del armamento: cómo son lanzadas o dirigidas, su alcance operativo en kilómetros, sus medidas y peso... pero no comentan qué tipo de carga utiliza (uranio empobrecido...) y las secuelas que produce (muerte inmediata y muerte a corto y largo plazo). Fríos datos estadísticos alejados de la emoción asociada con dolor, daño físico, daño emocional o, específicamente, muerte. Stanley Milgram explicó este proceso, facilitador de la obediencia sumisa a la autoridad a través del clásico experimento realizado en Yale hace más de treinta años (1).
Por otro lado las imágenes de hospitales, de heridos o muertos civiles o militares llega, casi exclusivamente, de emisoras del país afectado y, por tanto, susceptibles de ser tachadas de interesadas. Como si la información, especialmente la bélica, fuese por lo general imparcial.
Este proceso de ocultamiento de la muerte puede observarse en otras culturas, milenarias, como la china. En ella, hasta de la comida desaparece cualquier referencia a este hecho. Los alimentos no son reconocidos por su aspecto original. Lejos del cochinillo de Segovia, el cerdo agridulce (la ternera, el pato, etc) es difícil de reconocer como un animal muerto para servirnos de alimento.
2.- El terrorismo
Otra de las justificaciones para esta guerra ha sido la lucha mundial contra el terrorismo. Los poderosos "servicios de inteligencia" y la "inteligencia militar" (nunca, como psicólogo, he leído una definición de inteligencia que compartiese globalmente y estos manejos del término mantienen mi escepticismo) británicos y estadounidenses –es de suponer que los españoles también- no han conseguido demostrar la existencia de relación alguna entre el régimen iraquí y Al-qaeda.
Ni siquiera se han podido inventar, dado que Ben Laden ha sido un secular enemigo de Saddam Hussein, al que ha tildado de "socialista y ateo".
Aunque se pueda tener una percepción de que la guerra al terrorismo internacional es una idea nueva, generada a raíz de los tristes y dolorosos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, hace ya 20 años que la Administración Reagan comenzó su periodo de gobierno afirmando que la "guerra contra el terrorismo internacional" se convertiría en la pieza central de la política exterior norteamericana. Esta guerra fue descrita por el Presidente Reagan y por su secretario de estado como la lucha contra una plaga, un cáncer extendido por bárbaros, por "adversarios depravados de la civilización". Produce perplejidad la visión de futuro de ese gobierno. Teniendo en cuenta que Ben Laden y Saddam Hussein eran, por entonces, amigos y aliados de los EE.UU. ¿Podríamos hablar, pues, de una profecía autocumplida?.
Si el actual Gobierno de los EE.UU., o el español, tiene verdadero interés por combatir el terrorismo internacional solo ha de fijarse en los países que histórica y ejemplarmente lo han combatido (2).
Pero detengámonos en el término Terrorismo. En teoría, no debería ser trabajoso encontrar una definición. Nuestro diccionario propone "dominación por el terror" y "sucesión de actos de violencia para infundir terror". Y podríamos acordar definiciones alternativas como "uso de la fuerza para atemorizar o matar a personas para obtener fines ilegítimos".
Sin embargo, la dificultad final proviene, más bien, de cada orden social (del que la clase social sería una expresión) que determina las formas y grados de violencia permitidos en su contexto. Las preguntas que se han de realizar para la evaluación de la violencia socialmente aceptada son: quién puede realizarla, contra quién, en qué circunstancias y en qué medida. Cada orden social tendrá, pues, diferentes respuestas para cada pregunta. Por tanto no podremos hablar de un proceso deductivo, sino inductivo, con todas las influencias subjetivas que ello conlleva.
De esta forma el gobierno de los Estados Unidos percibe los ataques del 11 de septiembre como "terrorismo", pero las acciones de sus fuerzas armadas realizan contra los civiles en Afganistán e Iraq son vistas como una "lucha legítima" contra el terror. De la misma manera, el Gobierno norteamericano califica –muy de vez en cuando- la ocupación que Israel mantiene en Palestina, con continuas matanzas y detenciones en masa, como "uso excesivo de la fuerza". Los actos de resistencia de los palestinos, por otro lado, son descritos invariablemente como "terror".
Frederick J. Hacker, distingue entre terrorismo desde arriba y terrorismo desde abajo. Entre los rasgos peculiares que este psicólogo otorga al terrorismo desde arriba encontramos "el terror crea su lenguaje, que pretende explicar todo, pero no logra clarificar nada. Todo hecho concreto es ligado a esquemas universales y abstractos, que no se pueden verificar". Esto es justamente lo que, parece ser, hace la red terrorista Al-qaeda. Pero, sin duda, también es el discurso lanzado desde hace décadas por el gobierno de los Estados Unidos de América y, actualmente, por sus "países amigos" (sería mucho más acertado hablar de "gobiernos amigos") cuando aseguran hacer la Guerra (acto concreto) en nombre de la Libertad, la Paz y la Democracia (esquemas universales y abstractos de difícil verificación).
Acerca de las relaciones entre Terrorismo y Poder, el psicolinguísta Noam Chomsky realiza un planteamiento esclarecedor: "El terrorismo sí funciona; es el arma de los fuertes. Es un error analítico muy grave decir, como se hace habitualmente, que el terrorismo es el arma de los débiles. Al igual que cualquier otro tipo de violencia, el terrorismo es fundamentalmente el arma de los fuertes. De hecho, lo es de un modo arrollador. Simplemente se dice que es el arma de los débiles porque el fuerte ejerce también el control sobre los sistemas de adoctrinamiento y su terror (el del fuerte) no cuenta como tal".
Por último quisiera señalar, dentro de la ingeniería semántica del descrédito para los que se enfrentan al poder, la receta básica aplicada por los expertos del sesgo: escoger una palabra con connotaciones claramente negativas y asociarla con un concepto al que se quiera desacreditar. Luego, se utilizan las dos de forma intercambiable, hasta que se olvida la diferencia entre ellas (Diaa Rashwan, 2001). Esto lo hemos podido apreciar, desde hace años, respecto a cualquier movimiento crítico o de protesta civil. Las expresiones ciudadanas realizadas a través de pacíficas y masivas manifestaciones contrarias a la guerra están siendo criminalizadas, especialmente tras el inicio de la agresión a Iraq, y son reprimidas brutalmente, acusándose a los manifestantes de violentos. Sin embargo las imágenes emitidas por los canales 'informativos' se empeñan en contradecir el comentario que lo acompaña. Los manifestantes contrarios a la guerra son los violentos, los que hacen la guerra son los que llevan la democracia, ofrecen la ayuda humanitaria, la libertad y la paz. Como dice Eduardo Galeano, es la escuela del mundo al revés. Y no nos olvidemos, todos somos iraquíes.
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(1) La investigación de Stanley Milgram, clásica dentro de la Psicología Social, tuvo una fase experimental realizada entre 1960 y 1963 y un desarrollo teórico cuya elaboración final llegó en 1973. Estudió la dimensión relacional del "sistema de autoridad" como contexto explicativo de la obediencia acrítica o sumisión (el sujeto pasa de ser visto como sujeto autónomo a percibírsele como sujeto heterónomo), con afán de dar explicación a hechos tan 'normales' y contrarios al sentido común son el que, en un régimen político 'democrático', personas educadas y dotadas de un cultivado sentido 'moral' ejecuten 'responsablemente' acciones como el tráfico de esclavos o el bombardeo con Napalm de civiles indefenso.
En cada prueba, intervinieron básicamente tres personajes: el "experimentador" (la autoridad), el "aprendiz" (la víctima) y el "enseñante" (el agente). Los dos primeros eran, en la situación experimental, compinches del investigador, actores especialmente adiestrados para su papel, mientras que el "enseñante" era el verdadero sujeto experimental de la investigación, captado a través de anuncio en prensa donde se ofrecía dinero a cambio de la participación en el experimento, y que desconocía el carácter ficticio de lo que iba a ocurrir. Al enseñante le correspondía leer ante un micrófono la "lección" que el aprendiz debía memorizar, consistente en series de pares de palabras asociadas. A continuación, repitía el primero de cada uno de los pares y formulaba cuatro alternativas de respuesta entre las que el aprendiz había de elegir la correspondiente a la asociación realizada en la primera lectura y señalizar su decisión apretando un botón que encendía una de las cuatro luces indicadoras de la respuesta. Cuando el aprendiz se "equivocaba" (según un plan establecido por el investigador) el enseñante administraba el "castigo" pertinente, de intensidad creciente después de cada respuesta errónea. Las posibilidades de castigo iban de los inofensivos 15 Voltios, a unos potencialmente letales 450 Voltios. El enseñante estaba persuadido de la autenticidad del generador, puesto que él mismo había experimentado, a indicación del experimentador, antes del inicio de la lección, una "muestra de descarga" real de 45 voltios. Durante el desarrollo de la sesión, el experimentador asistía al enseñante ante sus eventuales vacilaciones, incitándole a continuar la tarea, mediante consignas estándar como las de "por favor, prosiga", "el experimento exige que usted prosiga", etcétera, y pseudoaclaraciones a propósito de la tarea o del estado físico del aprendiz, como la de que "aunque las descargas puedan ser dolorosas, no producen daño permanente en los tejidos. Siga, pues".
Asimismo, estaba previsto, además del feedback del experimentador, el del aprendiz, quien, en su papel de víctima de los castigos, emitía respuestas orales proporcionadas a la intensidad de la supuesta descarga, que oscilaban entre los pequeños quejidos hacia los 75 voltios, los gemidos de dolor hacia los 135, los gritos de protesta y los alaridos de desesperación que crecían hasta alcanzar los 315, siendo los silencios inalterables a partir de los 330. La medida del grado de obediencia (acatamiento-resistencia del sujeto experimental) a la autoridad del experimentador vino determinado por la descarga máxima administrada al aprendiz-victima.
Milgram manejó una gran cantidad de circunstancias en orden a definir con mayor precisión las condiciones de sumisión y resistencia del individuo a la autoridad. De entre ellas destaco alguna relevante al tema de este artículo (aunque otras también estarían relacionadas), como son: si el sujeto experimental había conocido previamente a la víctima (en una sala de espera) y la cercanía al lugar donde estaba la víctima en el momento de la descarga (si se le oía gritar, suplicar, etc). En estos casos, fue significativamente mayor el porcentaje de sujetos experimentales que aplicaban descargas con menor intensidad y/o renunciaban a continuar con el experimento. Se había establecido una relación emocional con la víctima.
(2) El caso de Nicaragua es especialmente relevante porque nos ofrece un precedente sobre cómo un Estado que respetaba la ley respondió ante un caso de terrorismo internacional. Un caso de terrorismo que, por cierto, fue más extremo que los acontecimientos del 11 de septiembre. La guerra EEUU-Reagan contra Nicaragua terminó con decenas de miles de asesinados y el país completamente arruinado, quizás para siempre.
Nicaragua respondió. Pero los nicaragüenses no respondieron bombardeando Washington. Respondieron llevando a EEUU ante el Tribunal Mundial con una querella en la que no tuvieron ningún problema a la hora de reunir pruebas.
El Tribunal Mundial dictaminó a favor de Nicaragua, condenando lo que se denominó el "ejercicio ilegal de la fuerza", sinónimo de terrorismo internacional. El tribunal exigió a EEUU poner fin a los crímenes y pagar reparaciones masivas [a Nicaragua]. Los norteamericanos, por supuesto, rechazaron el dictamen del tribunal con el más absoluto desprecio y anunciaron que no aceptarían la jurisdicción de dicho tribunal en adelante. Nicaragua acudió entonces al Consejo de Seguridad de NNUU, donde se discutió una resolución en la que se pidiese a todos los Estados respetar la legalidad internacional. No se mencionaron nombres, pero todo el mundo lo entendía. EEUU vetó la resolución. En la actualidad, EEUU es el único país del mundo que ha sido condenado por el Tribunal Mundial por actos de terrorismo internacional y que ha vetado una resolución del Consejo de Seguridad pidiendo a los Estados miembros el cumplimiento de la legalidad internacional.
Nicaragua acudió entonces a la Asamblea General de NNUU, lugar donde técnicamente el veto no existe pero donde un voto negativo de EEUU equivale al veto. La Asamblea General aprobó una resolución similar: únicamente votaron en contra EEUU, Israel, y El Salvador. Al año siguiente, Nicaragua volvió a presentar el caso ante la Asamblea General de NNUU. En esta ocasión, EEUU solamente pudo contar con el apoyo de Israel, así que dos votos se enfrentaron al cumplimiento de la legalidad internacional. En aquel punto, Nicaragua había agotado ya todos los recursos legales a su alcance, y había llegado a la conclusión de que esos recursos no funcionan en un mundo dominado por la fuerza. (Chomsky, N., 2003).
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BIBLIOGRAFÍA
Benedetti, M. (1976) Poesía para jóvenes. Madrid: Ed Visor Libros, S.A., 1997
Chomsky, N. (2002) Estados canallas: el imperio de la fuerza en asuntos mundiales. Barcelona: Ed. Piados Ibérica, S.A.
Chomsky, N., Díez Calzada, J.A., Piera, C. (2002) El lenguaje y la mente humana. Barcelona: Ed. Ariel, S.A.
Diaa Rashwan (2001) Lidiando con la semántica. El Cairo: Al-Ahram Weekly 11/12
Galeano (1997) El mundo patas arriba, la escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI
Hacker, F.J. (1975), Terror. Barcelona: Plaza y Janés S.A
Milgram, S. (1974). Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental. Bilbao: Desclee de Brouwer, 1980
VV.AA. (1994) Diccionario de la Real Academia Española. Madrid: Espasa Calpe, S.A.
VV.AA. (2003) Washington contra el mundo. Madrid: Foca Editores
Este artículo fue concluido el 24 de marzo de 2003.